Mi bisabuela, doña misiá Delia, amante de la cocina y de la buena mesa, debió hacerse cargo tempranamente de las tareas que las
costumbres de la época señalaban como impropias para una mujer de su posición, ya que, además de ocuparse de su numerosa prole, debió asumir la administración de la hacienda, debido a su prematura viudez.
Contra todos los pronósticos, sus dominios se extendieron, al enfrentar con temple de mujer la dirección de las labores agrícolas de la hacienda, y el funcionamiento de la almazara, en la cual producía los más nos aceites de oliva, muy apreciados en la alta sociedad de Santiago.
Habiendo cumplido con creces, y cuando sus hijos dejaron el solar familiar, retomó su a ción más querida, dedicándose, en la intimidad de su cocina, a experimentar con sus aceites y distintas hierbas aromáticas, hasta lograr la fusión perfecta, recetas que se
conservan hasta hoy como un patrimonio familiar.